De izquierda a derecha, Miguel padre, Begoña (bisabuela) con Miguel hijo, Raquel (tatarabuela), Begoña (abuela) y la madre, Beatriz Viernes, 19 Febrero 2021 De izquierda a derecha, Miguel padre, Begoña (bisabuela) con Miguel hijo, Raquel (tatarabuela), Begoña (abuela) y la madre, Beatriz

La familia de las cinco generaciones

(En el reproductor entrevista de Nacho Cavcia a los padres de Miguel).

El 9 de febrero nació en Los Corrales de Buelna un niño especialmente afortunado. Se llama Miguel Fernández Martínez, es «un sol», por guapo y bueno, según sus padres, y le esperaban en casa tres generaciones anteriores en perfecto estado de formación, abuela, bisabuela y tatarabuela. En estos tiempos muy pocos niños nacen tan bien arropados, no con un pan bajo el brazo, sino con toda una familia. Miguel se convierte de momento en el último eslabón de cinco generaciones de corraliegos que están felices por la llegada del pequeño.

La línea materna de su madre, Beatriz Martínez Ortiz, es un caso especial. La tatarabuela del pequeño Miguel, Raquel, tiene 89 magníficos años, la bisabuela, Begoña, 65, la abuela, también Begoña, 43, y la madre, 23. Todas con ganas de tener al niño en brazos y disfrutar de él, felices especialmente por que todo salió bien y madre y recién nacido están ya en casa. Las mayores mirando con cariño a Beatriz para que se anime y vaya a por la niña, para continuar una línea de mujeres como habrá pocas en España. A eso bien se pueden sumar las mujeres que aporta el padre, Miguel, abuela, madre y hermana.

Beatriz es de Los Corrales de Buelna y Miguel de Silió. Están recién casados y tuvieron a su primogénito ese 9 de febrero. «Es nuestro primer hijo, está perfectamente y toda esta situación es increible, inexplicable», decía el padre. «Todo fue bien, fue un parto natural, un poco largo, pero los dos salieron en perfectas condiciones». Reconoció algo natural a cualquier hombre en esa situación, la «inquietud» que vivió durante ese parto y la alegría cuanto todo termina, «inigualable».

Para Beatriz el nacimiento de su primogénito fue «muy largo e intenso, pero cuando termina se te olvida todo de pura felicidad. En ese momento piensas que esto no me vuelve a pasar, pero luego se te olvida todo». Vive el momento con la alegría de poder compartirlo con una larga familia. «Tengo la suerte de contar con una familia realmente especial en estos tiempos», reconoce, una «bendición». Todas con ganas de abrazar a Miguel, de mimarle, pero también con algo muy claro, «hace falta una niña para que continúe la línea matriarcal».

Los padres, de momento, bastante tienen con lo que tienen como para pensar en más. Con el tiempo se verá.

En el materno el coronavirus pasó a segundo plano ese día. Estaban más asombrados por haber dado con una familia así que por los efectos terribles de la pandemia. Eso es lo que ganaron esa jornada. Los dos días que permanecieron allí los padres se hicieron largos. La situación no aconsejaba que tuvieran visitas, con lo que tuvieron que esperar para compartir su felicidad con el resto de la gran familia. A su regreso, no había niño suficiente para tantos abrazos y besos.

La pareja vive de momento en Los Corrales de Buelna pero se trasladarán, ya con el pequeño Miguel, pronto a Arenas de Iguña. «A mitad de camino entre Silió y Los Corrales, en un lugar intermedio», decía Beatriz. El motivo, se quieren «independizar». Y visto lo visto, no extraña que lo intenten, extrañaría más que lo consiguieran.

Porque siempre estará detrás esa larga familia. «Están todas locas por verlo» afirmaba. La tatarabuela tiene más paciencia. Desde que Beatriz se quedó embarazada reconocía abiertamente su felicidad, la emoción de poder ver tantas generaciones con ella, disfrutando de la vida.

En medio del relato al niño le toca comer. «Encima es buenísimo, es un sol, le he oído llorar solo una vez», sonreía la madre. Teniendo lo que tiene no extraña, aunque él todavía no lo sabe y lo suyo es comer y dormir.

A Miguel padre no le acongoja tener tanta mujer en la familia, «porque yo también estoy rodeado de mujeres, abuela, madre y hermana, estoy acostumbrado y encantado». Un vijanero como él, recio como vecino de Silió, no puede dejar de emocionarse cuando piensa en la falta de su padre y abuelo.

Miguel hijo mira todo con ojos bien abiertos, con su pelo rubio y cierta sonrisa enigmática, la del que comparte buenos genes, que dan para todo eso y para mucho más. Una herencia a la que añade la amabilidad, simpatía y generosidad de sus padres. Y toda una vida por delante.

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